EDITORIAL
POR EMMANUEL ESCALANTE PEÑA
Lo que sí aparece con rapidez es la bala, el expediente mal elaborado y la etiqueta de “delincuente” que muchas veces se coloca para justificar cualquier tragedia.
Mientras tanto, las familias de sectores como La Delicia, La Raqueta, Camboya, Palmarito y Casandra entre oros barrios siguen viendo cómo sus hijos pasan de ser jóvenes confundidos a convertirse en estadísticas o, peor aún, en cuerpos sin futuro. Porque aquí parece que el plan de seguridad más práctico es eliminar el problema en lugar de resolverlo.
Y luego nos preguntamos por qué la juventud mira al uniforme con miedo y no con respeto.
El círculo perfecto del fracaso
El guion se repite con una precisión preocupante:
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Un joven crece en un barrio con pocas oportunidades.
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Aparecen las drogas, los vicios y las malas compañías.
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Las instituciones que deberían prevenir llegan tarde… o nunca llegan.
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Finalmente aparece el operativo, el abuso o el famoso “intercambio de disparos”.
Y listo: problema resuelto… al menos en el informe.
Pero la realidad es otra. Detrás queda una madre llorando, una familia marcada y un barrio que aprende una lección peligrosa: que el Estado llega primero con represión que con oportunidades.
Una verdad incómoda
En muchos sectores nadie ignora que existen puntos de drogas, ni quiénes los protegen, ni quiénes se benefician de ese negocio. Sin embargo, curiosamente, los que terminan muertos o tullidos casi siempre son los mismos: los jóvenes pobres de los barrios.
Qué coincidencia tan conveniente.
Porque si de verdad existiera voluntad de enfrentar el problema, se atacarían las raíces: el tráfico, la corrupción, la complicidad y el abandono social.
Pero claro, eso requiere más trabajo que un operativo con cámaras.
Todavía hay tiempo de cambiar
A pesar de todo, aún estamos a tiempo de salvar a cientos de jóvenes de Barahona. Pero eso no se logra con discursos ni con patrullas intimidando en las esquinas.
Se necesita un verdadero plan de integración social, donde participen:
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juntas de vecinos
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padres y madres
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la fiscalía de menores
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la gobernación provincial
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el Ministerio de la Juventud
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la alcaldía municipal
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iglesias, clubes y organizaciones comunitarias
Acciones urgentes
El reto de recuperar la confianza
Hoy muchos jóvenes ven a los militares y policías como enemigos. Y esa es una tragedia institucional. La autoridad que debería proteger termina generando desconfianza.
Pero esa imagen puede cambiar si las instituciones entienden algo fundamental:
La seguridad no se construye con miedo; se construye con confianza.
Basta ya
Porque cuando un joven muere en un barrio, no pierde solo una familia.
Pierde todo el futuro de una comunidad. ✍️
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